domingo, 17 de julio de 2011

De ella.


La capacidad que tiene el mundo para sorprenderme es ya harapienta y a pesar de eso me parece tan curioso que pasados ya un par de años y despues de tanto subir y bajar trenes juntos, casi lo único que recuerdo de Clemenzia -y que hasta puedo decir que sigue enterneciéndome- es que nunca le importó despeinarse.
Es así, después de mujeres y mujeres en mi vida (las de antes, después y durante Clemenzia) su esencia podría resumirse en ese detalle.
Creo que no sólo no le importaba, juraría que se despeinaba a propósito.
Recuerdo casi con amor una fiesta en la que las personas que compartían nuestra mesa hablaban del sol y la Bolsa mientras ella, abstraída, degustaba con sus ojazos el adorno de flores del centro. Hubo un segundo en que ya le fue imposible contenerse y deslizó su mano de aire, veloz entre las copas, para capturar del florero las astromelias y las margaritas. Un momento después nuestros
acompañantes callaban perplejos y para mi deleite pude ver a Clemenzia con la totalidad de las flores enredadas de alguna manera entre sus falsos rizos de la noche, tan Midsummer night´s dream, tan ida a su galaxia. En  la mesa sólo quedó un manojo de hierbajos y un puñado de insulsos atónitos.
También la recuerdo riendo porque el viento del faro le elevó el carísimo sombrero por los aires, la recuerdo con la boca abierta mirando como el absurdo círculo verde daba tumbos en el cielo espantando a las gaviotas.
O saliendo del mar malpeinada por las olas...y como se quedaba el resto del día así, con unos mechones imposibles que no hacían caso a ninguna gravedad y que parecían señalar las mil direcciones de sus maniacas ideas.
Me parece que cuando la dejé, después de mucho llorar, recogió todo su pelo en un moño alto y repeinado, que estiró con tanta fuerza que sus ojos enrojecidos quedaron completamente achinados. Se miró al espejo y salíó como se sale en éstos casos, de un soberano portazo.
Recogerse el pelo debió ser como su mudanza.

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