¿Darías a tu hijo de 6 años una cerveza sin alcohol (0%) si te la pide?
¿Por qué?
¿Por qué?
miércoles, 27 de abril de 2011
Petits plaisirs
¿A alguien más le gusta que se le inflame ese pedacito de carne que está justo detrás de los incisivos superiores?
Un trocito de paladar de forma minifálica que se quema al morder una porción de pizza recién hecha.
Se hincha.
A veces se le desprende un poco de piel.
Sí, ese que se toca con la punta de la lengua cuando se curva ésta hacia arriba para tocar la parte posterior de los dientes.
Ah, los dulces dolorcillos para nosotros, masoquistas de poca monta.
Un trocito de paladar de forma minifálica que se quema al morder una porción de pizza recién hecha.
Se hincha.
A veces se le desprende un poco de piel.
Sí, ese que se toca con la punta de la lengua cuando se curva ésta hacia arriba para tocar la parte posterior de los dientes.
Ah, los dulces dolorcillos para nosotros, masoquistas de poca monta.
Más razones para ver fútbol
A friend of mine: " No le encuentro mucho sentido a ver 22 millonarios corriendo tras un balón..."
...hasta ahora no había considerado ese punto de vista.
...hasta ahora no había considerado ese punto de vista.
domingo, 24 de abril de 2011
Grande Zuleta
"Adán y sobre todo Eva, tienen el mérito
original de habernos liberado del paraíso,
nuestro pecado es que anhelamos
constantemente regresar a él."
Me
No tengo constancia ni para un vicio.
¿Sueños? ...a borbotones.
El último viaja en un sobre-botella.
Alguien debe entender que la luz es cómo el agua.
¿Sueños? ...a borbotones.
El último viaja en un sobre-botella.
Alguien debe entender que la luz es cómo el agua.
Bolero
¿Y por qué justamente hoy buscas tu barra de carmín? En estos años, ni siquiera supe que tuvieras una. No la tendrías, la habrás comprado recientemente, como los zapatos demasiado altos y el resto de símbolos de tu emancipación.
Intentas camuflar la excitación de ir sin mí al teatro, por primera vez solitaria de mí, escoltada por tu cohorte de bohemios. Preguntas como quien no quiere la cosa, con una sonrisa en los labios pálidos, sin dar importancia a la posible respuesta: ¿no habrás visto mi barra de carmín?
Y dices “mi barra de carmín” dándole ese tinte de objeto evidente y único, como preguntar ¿has visto la nevera? o ¿dónde está el ventilador? Algo que realmente se echaría de menos en nuestro paisaje doméstico.
Aunque le hayas querido quitar importancia a tu búsqueda, reconozco que hasta disfruto viéndote disimular el disgusto de haber tenido que preguntarme. Te veo cruzar el pasillo, con el bolso abierto, hambriento de un par de pequeños objetos más que te darán la seguridad de que toda la noche estarás preciosa.
No, no la he visto, te respondo. Sonrío con la misma indiferencia fingida y continúo pretendiendo leer, cuando en realidad lo que hago es espiar tristemente mi vejez rampante por encima del lomo de mi libro: mis zapatillas de paño, muy marrones y mullidas, el absurdo pantalón de pana sobre la butaca de piel. Noto con intensidad cuánto he comenzado a apreciar al abrigo de las prendas ahora que el frío ya no está fuera, que lo llevo conmigo, que lo siento tan fuertemente como siento tu ráfaga de juventud, abriendo y cerrando cajones al fondo del corredor, buscando la esquiva barra, de estuche dorado y espejito cómplice para tus flirteos.
Y decides que has perdido la batalla y abandonas la búsqueda con un suspiro. Porque decides cosas antes de que la vida lo haga por ti. Por eso mismo has optado por envejecer, voluntariamente, comenzando por asesinar tu melena melosa, decantándote por ese estilo tan renegrido, tan Betty Boop.
Y te presiento hermosa ante los ojos de tus nuevas presas, que pastan entre el redil de devotos del cine polaco y salvadores de ballenas, a quienes me has presentado cien veces y de quienes soy incapaz de recordar un solo nombre, porque todos deberían llamarse Boris, todos iguales, todos patéticos y obvios como tú, ahora. Tú, que fumas desde que descubriste que un cigarrillo es el aliado perfecto de tu nueva pose fatal.
Al pensar que al salir del teatro se reunirán todos contigo, a comentar estupideces rimbombantes entre absenta y absenta, siento por ti un intenso desprecio, y por mí, por comenzar jugando a Pygmalion y terminar siendo ésta especie de Doctor Frankenstein.
Es entonces que siento la nostalgia más pura. Te recuerdo, corriendo tras un perro cualquiera, gritando incoherencias, cayendo de bruces en la playa. El glamour, jadeando detrás de ti para intentar recomponerte el pelo y sacudirte la arena, incapaz de darte captura. Era la época de los besos emparamados en litros de vino, la época en que presumías de un sabio amante, en que estabas tan entretenida descubriendo tu propio cuerpo, que ni te percatabas de las amenazas de la vejez en el mío, los dos desnudos, tú, deslumbrada, yo, feliz.
Echas un último vistazo en el espejo, tu cara de luna sin los labios encarnados que deseabas. Te veo ensayar una sonrisa final antes de venir a reclinarte sobre mi sillón a despedirte. Pero en un movimiento que no esperas, anticipándome a ti, me levanto y con la mano derecha te aso por la cintura para sentir de nuevo tu fragilidad de azúcar. Te beso despacio, digamos que levantando la veda a los amantes que han de venir.
Me miras, compasiva por la soledad que en que me dejarás al irte, me ves tan indefenso, sin sospechar en mi gesto algo de Judas. Mientras cierras suavemente la puerta, tu preciado carmín, que ha ido a parar no-sé-cómo a mi bolsillo, se retuerce caprichosamente entre los dedos de mi mano izquierda.
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